viernes, 12 de agosto de 2016

En Katsikas hay mucho arte




Huyeron de las bombas, recorrieron miles de kilómetros andando con sus familias, cruzaron en zodiac mares;  viven en un pedregal y en una tienda de campaña, pero nadie les ha quitado su pasión por el arte. Kuwa, Walaa, Toni, Sulaf o Ahmed son algunos de los artistas del campo de refugiados de Katsikas y ayer vivieron uno de sus días más especiales. Cientos de personas se congregaron en una de la carpas comunitarias para inaugurar una exposición de 25 de sus mejores obras creadas en el campo. 

Ilustraciones sobre su ruta migratoria, expresiones de angustia con clara influencia de Munch o Goya, retratos de la vida diaria en Katsikas, palomas de la paz, agradecimientos a las personas voluntarias  o recuerdos de Palmira: en la exposición se contaba a través del arte toda una experiencia de vida, de sueños y de profundo dolor. 


Durante casi 3 horas más de 400 refugiados y voluntarios pasaron por la carpa para contemplar los cuadros e ilustraciones en un acto que ayudó por unos momentos a olvidar la penosa rutina del campo. La inauguración terminó con un concierto de laúd organizado por los kurdos y con cánticos de los niños y niñas del campo. Y es que en Katsikas, en medio de tanto sufrimiento hay mucho arte.


El refugiado que quería ser como Goya

Kawa (34)  guarda en su tienda, como un tesoro, un libro de ilustraciones de Goya que le regaló un voluntarios de la ONG Olvidados. Dice que es uno de los pintores que más admira. En Haseke (Syiria) donde vivía, sufría persecución por parte del ISIS, que hostigaba a los kurdos por no ser musulmanes. No tenía libertad para pintar. Escapó y vivió durante tres años en campo de refugiados en Iraq junto a su mujer Ahin y sus 3 hijos. Ahí no tenía dinero, ni trabajo y tras pensarlo muchos meses decidió pagar a la mafia y seguir el camino a una vida mejor.

Tras vender el oro que tenían y pedir prestado dinero, pagó los 10.000 euros que costaba el viaje hasta Europa. En Turquía estuvo 15 días en un centro de internamiento que denomina “cárcel”,  durmiendo en una silla de un polideportivo, sin acceso a ducha ni a comida en muchos casos. Pagando a los militares para poder salir a tomar aire fresco porque allí se hacinaban 2.000 almas.

Kawa parece un buen hombre que vive el encierro en Katsikas como un paso para una vida mejor. Y cuando le preguntamos cuál es su sueño dice que la libertad para su pueblo. Luego se queda pensativo y dice que también quiere descansar y encontrar un lugar para pintar y pintar. Que su pasión por el arte no es un deseo sino una necesidad.

Una pintora enamorada

Walaa  (23) dice que hoy es uno de los días más bonitos de su vida y con su historia se podría escribir una novela romántica. Lleva 4 meses en el campo de refugiados de Katsikas pero hoy está en el paraíso. Inaugura la exposición con sus cuadros y ha llegado a visitarla al campo el amor de su vida. Es un alivio que en medio de tanta angustia encontremos una historia feliz.



Su novio decidió salir de Siria cuando la guerra estaba avanzada, hace 3 años y consiguieron unos papeles de matrimonio para que él la reagrupara desde Alemania. No les dio tiempo a casarse religiosamente como querían. Tras 3 años de espera y desesperación burocrática los papeles no salían y ella decidió dar el salto y realizar un peligroso viaje a Europa con la mafia. Dejó atrás su carrera en Bellas Artes, abandonó su trabajo como profesora de arte, que le encantaba. No podía vivir sin estar con su prometido y exponerse a morir bajo las bombas. Viajó sola por las montañas en una ruta que se repite en el campo de Katsikas. Siria, Estambul, Izmir, Kyos, Atenas. 

Con la frontera cerrada y sin posibilidad de salir de Grecia fue confinada a Katsikas, un pedregal en el norte del país en la frontera con Albania. Recuerda que, cuando llegaron al filo de la madrugada el 19 de marzo, quería morir. Tuvo que dormir en la calle, sobre las piedras, pasó frío y hambre. Pero ella sabía que era el precio que tenía que pagar conseguir su sueño. 


Hoy después de mucho tiempo está contenta. Sonríe con los ojos, con la boca, con todo su cuerpo. No puede dejar de agarrarse al brazo de su amado. El 26 de agosto tienen cita en la embajada de Alemania en Grecia para formalizar su matrimonio y proceder a la reagrupación. Espera que a principios de septiembre puedan ir juntos a Alemania. Y volver a Siria cuando acabe la guerra para ayudar en la reconstrucción del país. “El amor hizo el milagro”, nos dice al despedirse sin separarse del que pronto será su marido. 





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